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La Colectividad - Pensamientos de un muerto

(Imprime esta Entrada) Domingo, 3 de Agosto de 2008 - 14:53:46 por David
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(Proyecto creado en 1999)

Un relato sobre las experiencias cercanas a la muerte, con cierto toque de ciencia ficción.

La Colectividad

Seguía lloviendo fuertemente. Mas yo no podía saberlo, estaba clínicamente muerto.
Pero todavía quedaba suficiente energía en mi cuerpo para recapacitar sobre todos los datos que había adquirido mi cerebro durante su, para qué negarlo, corta vida. Y así lo hice. Millones de datos yendo de neurona en neurona, convirtiéndose en consciencia en algún lugar desconocido.

Psá, es una buena experiencia. Te sientes descansado, sin estrés, sin obligaciones, con un control casi total sobre tus pensamientos. Supongo que por poder pasar al fin de tu cuerpo.

Repasé unos cuantos recuerdos de niñez, y me dí cuenta de que en mi propio cerebro había varias versiones de un mismo hecho. Aquel chico de octavo, ‘los mayores’ que decíamos entonces, el que me quitó el balón de basket y lo mandó a la calle de una patada, pues ahora por fín había vuelto a saber que casi que me lo tenía merecido, porque le había estado dando la tabarra todo el recreo.
Y yo que lo recordaba como un sádico…

Y como éste, pues un montón más de recuerdos ‘versionados’. No me sorprendió el mentirme a mí mismo, claro; sabía perfectamente que ese era uno de los métodos básicos de defensa psíquica. Despues de todo, ¿para qué puede servir un pensamiento que reduzca tu autoconfianza y, por tanto, tu capacidad de supervivencia?

Lo que sí me llamó la atención es que se guardara la versión original. Un backup, vamos. Estuve pensando un rato sobre el tema, y llegué a la conclusión de que podría ser para que, quien quiera que fuese el que nos juzgase tras la muerte, lo pudiese hacer conociendo los datos objetivos.

Despues supe que no era esa la razón. La consciencia colectiva te enseña mucho.

Tras la niñez, pasé a la adolescencia. El final de mi vida.
Me dí cuenta de que los recuerdos relacionados con la religión tenían una fuerza mucho mayor que todos aquellos que tocaban cualquiera de mis experiencias sexuales.

¿Quién iba a pensar que la primera comunión te iba a marcar más que el primer orgasmo?
Jope con la vida. Qué jaleos se trae… Con lo fácil que era el nacer, crecer, reproducirse y morir.

En este apartado religioso recordé tambien las visitas familiares semanales a la iglesia; iglesia, que no Iglesia. Cuánto tiempo perdido. Cuánta pasta gastada en simbología estúpida. Cuántos problemas para quedar bien con la familia.

Sólo aprendí dos cosas. En las iglesias hace frío. Y siempre te acabarás cansando de dar la mano a gente que no conoces de nada cuando no hay ningún sentimiento por medio.

Tras ésto aparecieron suavemente los recuerdos sobre el accidente. Sin ningún sobresalto, los datos fluían sin más.

La calle estaba bastante iluminada con las farolas. Pero llovía fuertemente y sólo me preocupaba de mirar al suelo, para ver dónde pisaba.

Los tíos del coche venían algo bebidos, pero lo más determinante fue el hecho de que iban juntos. El del volante tenía girada la cabeza, diciéndole a los de atrás que dejaran de meterse con su exnovia. Le había dejado dos semanas antes por un tipo quince años mayor y, claro, la peña la llamaban de todo. Pero a Carlos, el que conducía, no le gustaba que la insultasen. Después de todo seguían siendo amigos. Eso había dicho ella, y era verdad.

Claro, todo ésto lo supe después, cuando me conecté a la colectividad. Así es como la llamamos, colectividad. Los pensamientos de todos y cada uno de los mortales, muertos o no muertos, circulando libremente por nosotros.

El tal Carlos era un buen tipo, pero los problemas del divorcio con su segunda mujer le harían cambiar a peor. Al final murió catalogado como ‘clase: mala persona’.

La capucha del impermeable limitaba mi ángulo de visión sobremanera, y la lluvia hacía lo correspondiente con la capacidad auditiva. Así que no me enteré de que había un coche tan cerca.

Carlos volvió a mirar al frente, pero cuando se dió cuenta de que esa mancha negra que se movía era algo vivo, ya no tuvo tiempo de actuar.

No sentí ningún golpe, sólo una tremenda dentera al ver mi cadera girada noventa grados.
Aterricé a casi veinte metros de allí, según pude saber después. Una bestialidad, ¿no?

Y porque tropecé con el escaparate de un bar, que, si no, probablemente habría volado un poco más. Bar La Curva. Cristal resistente que tiene. Era el típico bareto, construido a principios de los ochenta, sin conocer el significado de ‘remodelación’. Un cristal atravesado por placas de aluminio, una puerta de igual características publicitando una matanza y un cartel otrora luminoso con el epitafio de la difunta Trinaranjus. Dos mesas de madera oscura, con unas cuantas sillas a juego y una alcoholoteca mal organizada colgando de la pared.

Carlos se llevó un buen susto. Frenó en seco sobre mojado y se quedó paralizado hasta que los compañeros salieron del coche. Él hizo lo mismo y miró el golpe del morro del coche. En ese instante se dió cuenta de que la luna delantera también había acusado la colisión.
En buen lío se había metido.

Llamaron a la policía, vinieron, seguía lloviendo, el tiempo pasaba, la Tierra giraba, el universo se expandía, la entropía aumentaba, el big crunch iba practicando su puesta en escena. Y yo seguía reflexionando.

¿Qué tal había sido mi vida?
¿Había merecido la pena?
¿Había hecho cambiar algo?

Qué más da. Había vivido, ahora estaba muriendo. Para qué comerme ya el coco con cosas que no tienen solución.
Para pasar el rato.

Supuse que aquello era una experiencia cercana a la muerte, y era consciente de que el viaje de vuelta era poco probable. Pero ni puñetera idea de cuándo iba a llegar la muerte propiamente dicha.

Recordé una cancioncilla que había oído aquella mañana en la radio. Parece mentira. En mi cerebro estaban grabadas todas y cada una de las vibraciones que habían llegado al tímpano.
Dejé esta musiquilla sonando de fondo y me puse a pensar en otras cosas.
Mola éso de tener un control total sobre tus pensamientos. Te sientes dios de tu propia existencia.

De repente, unos pocos datos empezaron a tomar fuerza. Estaba en un periodo entre la vida y la muerte, ¿no?. Bien. Pues tal vez tuviese que hacer alguna determinada cosa para poder pasar al siguiente estadio. Y tal vez tuviese un tiempo límite para ello.

Me puse a rezar, pero no funcionó. Dije algo así como ‘Oh, seres del más allá, guiadme hacia vosotros…’, pero empecé a partirme de risa y lo dejé tambien. Pensé entonces que tal vez yo debía crear mi propio más allá, y empecé a imaginar cómo me gustaría que fuera mi residencia.
Vacía.

¿Vacía? Algo tendrá que tener, algo que delimite su extensión, al menos.
No. Vacía. Tan vacía que no hubiese lugar ni para dudas sobre sus límites.
Un fogonazo. Unos datos urgentes invadieron mi consciencia. Alguna memoria residente, algunas neuronas primigenias, habían levantado los párpados de mis ojos.

Efectivamente seguía lloviendo. El cielo estaba nublado. Un hombre vestido de policía me estaba mirando. Giró la cabeza y dijo a los demás que estaba vivo.
- Tranquilo chico, vamos a llevarte al hospital.

Me cogió una mano y me sonrió. Escupí un poco de sangre. Las luces de los coches daban a la escena un aspecto psicodélico. Me pareció ver a Carlos a lo lejos, hablando con otro policía. Movía mucho las manos. De vez en cuando se giraba y señalaba a sus amigos.

Él sabía que no había sido culpa suya. Habían sido las circunstancias. Pero tenía que conseguir algún cabeza de turco.

El policía me frotó suavemente la mano, mientras miraba a su alrededor. Era un tío bueno. Físicamente hablando. Mandíbula bien definida, nariz triangular, labios finos. Su novia también era policía. Y también una tía buena.

Oí una sirena y el policía me miró.
- Ya está aquí la ambulancia. Tranquilo.

Una mierda.
Me ingresaron en estado comatoso. Llevo unos cuantos años así, viviendo en la colectividad. He aprendido mucho. Tal vez algún día aprenda lo suficiente para decidir volver a la vida.

Tal.

Vez.

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