¿Qué hago con esas cosas que no puedo cambiar?

Asómate un momento a la trastienda de tu mente. ¿Qué ves? Si eres de los míos, probablemente tengas una mesa de taller llena de herramientas, cables sueltos y un cartel gigante de «frenesí perfeccionista» parpadeando en neón. En mi día a día como psicólogo en consulta, me encuentro constantemente con personas que arrastran un agotamiento crónico brutal. Llegan, se sientan en una silla muy cómoda que compré para que les resultase más fácil abrirse, y me despliegan una lista interminable de problemas. Lo curioso es que no buscan desahogarse; buscan la fórmula mágica para tacharlo todo. Quieren arreglar esa relación rota con un familiar que no quiere cambiar, resolver el porqué de una injusticia laboral de hace cinco años o descifrar el misterio de por qué su gato los mira con desprecio. Vivimos con la obsesión de que la vida es un examen de matemáticas donde todo tiene que dar un resultado exacto, y nos cuesta horrores asumir que hay asuntos sin solucionar que se van a quedar así para siempre.

Abrazar esta realidad no es cruzarse de brazos ni tirar la toalla de manera cobarde; es pura supervivencia mental. Imagina que tu mente es una casa espaciosa. Si te empeñas en que cada electrodoméstico viejo, cada recuerdo roto y cada conversación pendiente tiene que ser reparada antes de poder usar la sala de estar, acabarás viviendo en un desguace intransitable. Como terapeuta, mi trabajo muchas veces no consiste en dar respuestas a mis pacientes, sino en ayudarlos a aceptar que algunas preguntas no las tienen. Hay personas que nunca nos pedirán perdón, decisiones del pasado que no se pueden rebobinar y situaciones caóticas que escapan por completo a nuestro control manual. ¿Y qué hacemos con todo eso? ¿Nos sentamos a llorar en una esquina? Para nada. El secreto profesional mejor guardado de la psicología es que la salud mental no se consigue solucionándolo todo, sino aprendiendo el noble arte de ordenar, archivar y convivir con el desorden.

La primera fase de este tratamiento casero es la aceptación radical (y un poco descarada).

Esto implica mirar el problema a los ojos y decirle con total tranquilidad: «Mira, no te entiendo, no me gustas y no sé cómo arreglarte, pero te doy permiso para existir». Suelta la llave inglesa de una vez. No puedes arreglar a tu ex, no puedes cambiar el carácter de tu jefe y no puedes alterar el pasado. Una vez que dejas de pelear contra lo inamovible, ocurre un milagro: de repente te sobra un montón de energía que antes gastabas en batallas inútiles contra molinos de viento.

El siguiente paso es ordenar y guardar.

Piensa en esos asuntos irresolubles como en la decoración navideña fea que te regaló tu suegra. No la vas a tirar por no armar un drama familiar, pero tampoco la vas a poner en el centro del comedor todo el año. Le buscas una caja bonita, la etiquetas mentalmente como «Cosas raras de la vida que no puedo cambiar» y la subes al altillo de tu cerebro. Organizar tus carpetas mentales te permite saber exactamente qué problemas merecen tu atención activa hoy y cuáles son simples trastos archivados que ya no tienen poder para arruinarte el desayuno.

Por último, toca aprender a convivir con el equipaje.

La madurez emocional consiste en caminar con la certeza de que llevamos algunas piedras en los zapatos, pero que podemos disfrutar del paisaje igualmente. No necesitas tener una vida perfectamente pulida y sin aristas para ser rabiosamente feliz. Al final, en la consulta siempre les digo lo mismo a mis pacientes cuando se obsesionan con cerrar todos los frentes abiertos: la paz mental no llega cuando por fin solucionas todos tus problemas, sino cuando dejas de pelearte con aquellos que sencillamente no tienen solución.

Acepta las cicatrices de las historias que no pudieron cerrarse bien; tu historia no necesita ser perfecta para ser una obra de arte profundamente hermosa.

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Sebastián Villanueva

Director del Centro Sanitario ESTUPENDAmente! en El Puerto de Santa María (Cádiz). Psicólogo Sanitario (Col. M-33875). Responsable del Área de Psicología Afirmativa y Diversidad LGBTIQ+.