Enfádate con quien te ha hecho daño, para así dejarlo ir del todo

Perder una relación de pareja siempre es un proceso doloroso, pero cuando la ruptura está motivada por dinámicas dañinas, engaños o faltas de respeto graves, el camino se vuelve todavía más complejo. En la psicología popular se nos empuja constantemente hacia el perdón rápido y la vibración positiva, como si la tristeza fuera la única emoción válida en una ruptura. Sin embargo, para sanar de verdad tras una relación tóxica, necesitas aprender a procesar el duelo separación a través de una emoción que suele estar injustamente estigmatizada: la rabia. El enfado no es un retroceso; es el motor que te permite poner límites y recuperar tu dignidad.

Cuando una pareja ha tenido comportamientos inadecuados, la mente tiende a entrar en bucles de autorreproche, confusión e idealización del pasado. Nos preguntamos qué hicimos mal o si las cosas habrían sido distintas de haber actuado de otra manera. Aquí es donde la rabia legítima interviene como un mecanismo de defensa psicológico esencial. Sentir indignación ante el maltrato o el desprecio es la prueba inequívoca de que tu autoestima sigue viva y está reaccionando. La rabia te recuerda, de forma contundente, que mereces un trato mejor y que la forma en que fuiste la víctima de ciertas actitudes no estuvo bien.

Bloquear el enfado por miedo a parecer una persona resentida es un error muy común. Si reprimes esta emoción, la tristeza se cronifica, transformándose en una melancolía tóxica o en una depresión que estanca tu proceso. La rabia saludable tiene una función estrictamente protectora: actúa como un escudo que rompe el vínculo de dependencia emocional. Es la fuerza que necesitas para mantener el «contacto cero» y no flaquear ante los intentos de manipulación o las falsas promesas de cambio de tu expareja.

Para habitar esta emoción sin que te destruya ni se convierta en un rencor destructivo, es fundamental aplicar estrategias conscientes que te permitan mantenerte en ella de forma segura. La primera clave es la validación sin juicio. Permítete estar enfadado. No te castigues ni intentes racionalizar el dolor buscando justificaciones para el comportamiento de la otra persona. Lo que te dolió, te dolió, y tu enfado es la respuesta natural a esa herida.

Otra estrategia sumamente eficaz es la canalización física de la energía. La rabia es una emoción sumamente somática que acumula una gran cantidad de cortisol y adrenalina en el cuerpo. Si no la dejas salir, se enquista. Practicar deportes de alta intensidad, salir a correr, golpear un cojín o incluso gritar a solas en el coche son formas excelentes de liberar la tensión física acumulada sin causar daño a nadie.

Asimismo, la escritura terapéutica se convierte en una aliada indispensable. Escribe cartas dirigidas a tu expareja expresando absolutamente todo tu enfado, enumerando cada uno de sus comportamientos inadecuados y el impacto que tuvieron en ti. Di todo aquello que te callaste. Una vez escritas, no las envíes; quémalas o rompedlas. El objetivo de este ejercicio no es comunicarte con el otro, sino hacer espacio en tu propio mundo interno y externalizar el dolor.

Por último, canaliza esa fuerza transformadora hacia la reconstrucción de tu propia vida. Usa la energía de la rabia para apuntarte a ese proyecto que pospusiste, para cuidar tu cuerpo, redecorar tu espacio y establecer límites firmes en tus futuras relaciones. La rabia, bien dirigida, es la gasolina que te impulsa a salir del rol de víctima para convertirte en el protagonista absoluto de tu reconstrucción. No le temas a tu fuego interno; es el que está incinerando los lazos que te ataban al pasado para dejar espacio a tu libertad.

Si te niegas el derecho a enfadarte con quien te lastimó, te estás condenando a seguir mendigando el amor de quien nunca supo respetarte.

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Sebastián Villanueva

Director del Centro Sanitario ESTUPENDAmente! en El Puerto de Santa María (Cádiz). Psicólogo Sanitario (Col. M-33875). Responsable del Área de Psicología Afirmativa y Diversidad LGBTIQ+.

¿Conoces el “vanity sizing”?

Recuerdo esta anécdota como si fuera ayer. Hace unos 4 años estaba en una conocida tienda de ropa probándome no recuerdo el qué y, justo en el probador contiguo al mío, había una chica de unos 18-20 años probándose un pantalón. Apenada porque la talla 38 que definía como “su talla” no le “quedaba bien” y entendía que el problema debía ser su cuerpo, por no entrar en ese pantalón, aunque reconocía llevar un pantalón de esa talla justo en ese momento. La chica asumió, como asumimos todas, que el problema era su cuerpo. Ni se planteó que el tallaje podría haber cambiado o que existe una estrategia de marketing perversa que fomenta que nos sintamos insatisfechas con nuestros cuerpos.  

El vanity sizing (talla de vanidad, tallaje de vanidad) es una técnica de marketing de la industria de la moda que consiste en etiquetar prendas con una talla menor a la que realmente corresponde según sus medidas. Cuando se emplea esta técnica, el “objetivo” se supone que es complacer al consumidor, haciéndole sentir más delgado, pero la realidad psicológica es otra. 

Algo que tenemos que entender es que las tallas de ropa no están reguladas por ley ni existe un sistema obligatorio, ni en España ni a nivel internacional. Las marcas tienen total libertad para establecer sus propias medidas, lo que genera grandes diferencias entre fabricantes y explica por qué puedes usar una talla distinta según la tienda. Existen normativas, pero su aplicación es completamente voluntaria y las marcas las usan únicamente como una guía de orientación.

Hoy me apetece comprarme ropa, llevo 10 años siendo una talla M, voy a una tienda y me pruebo una talla M de alguna prenda y me queda pequeña o simplemente apretada, esta experiencia me hace sentir mal. Aparecen pensamientos como “estoy más gorda”, “he subido de talla”, “tengo que hacer dieta para volver a mi talla”, etc. ¿A qué se debe esto? A que como “estrategia de marketing” la empresa “x” ha decidido que ahora las medidas de sus prendas que hasta entonces correspondían con la talla S, ahora son una XS y así sucesivamente (La M es una S, la L es una M, etc.). Me pruebo una “M” que se corresponde con las medidas de una “L” antes de la implementación de esta “técnica” y de repente desaparecen esos pensamientos intrusivos porque me siento más aceptada y me compro esa prenda. El problema viene cuando eres una talla «S» en una tienda y una «L» en otra completamente distinta, porque tendemos a pensar que hay una universalidad del tallaje y que el origen de este cambio es nuestra corporalidad, rechazándola. 

Compradores que se ven enfrentados a probarse tallas más grandes, evalúan de manera negativa la ropa y muestran que esta experiencia tiene efectos negativos en su autoestima y percepción de su apariencia. Si evaluamos de manera negativa una prenda porque tenemos que usar una talla que consideramos grande y, al contrario, asociamos de manera positiva el usar tallas pequeñas, siempre vamos a preferir los productos de la marca que nos haga sentir más pequeñas, porque eso alimenta nuestra vanidad. 

Podemos pensar que “las tallas son un número y no nos definen como personas”, pero no es así, esta estrategia no es inocua. El vanity sizing tiene un impacto en la imagen corporal y en la salud mental de las mujeres. Siendo un estímulo constante a lo largo de nuestra vida. 

El principal efecto negativo de esta estrategia es el cómo afecta a la percepción que tienen las personas sobre sus propios cuerpos y cómo esto determina la valoración que pueden tener de sí mismas. Estamos presenciando como volvemos, con más fuerza que nunca, a escuchar discursos en los que la delgadez es sinónimo de belleza y éxito. Por lo que, este estereotipo creado por el sistema, hace que desarrollemos una obsesión por percibirnos como personas delgadas y que se fomenten conductas poco saludables compatibles con los TCAs. Ya hay estudios que demuestran que cuando un comprador se ve enfrentado a la situación de tener que probarse una talla más de la que creía y se siente abrumado, su autoestima decae, ¿qué hace para levantar su ánimo? comprar más. Aunque esta vez elige productos como zapatos, joyas o perfumes para compensar los sentimientos negativos que le generó la talla “grande”.

Si bien el vanity sizing como estrategia de marketing afirma ser diseñado cuidadosamente por para alimentar la vanidad de las compradoras, al analizarlo detenidamente, lo que realmente sustenta esta estrategia son las inseguridades de cada una. Porque cuando se trata de consumo el mercado no pierde, solo perdemos nosotras. 

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Laura Santi

Psicóloga Sanitaria (Col. AN10267). Área de Adicciones químicas y psicológicas y de Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA) del Centro Sanitario ESTUPENDAmente! en El Puerto de Santa María (Cádiz).

¿Por qué cada vez hay más niños con selectividad alimentaria?

¿De verdad hay más niños con selectividad alimentaria?

«Mi hijo solo come pasta, pan y nuggets.»

«Si cambio la marca del yogur, deja de comer.»

«Llevo meses preparando comidas diferentes y siempre acabamos haciendo lo mismo porque, al menos así, sé que come.»

Si alguna de estas situaciones te resulta familiar, quiero que sepas que no eres la única familia que pasa por ello. De hecho, la selectividad alimentaria es uno de los motivos de consulta que más ha aumentado en los últimos años.

Y aquí surge una pregunta muy interesante: ¿realmente hay más niños con selectividad alimentaria o simplemente ahora sabemos identificar mejor este problema?

La respuesta es que probablemente ocurren ambas cosas.

Entonces… ¿qué es exactamente la selectividad alimentaria?

Todos los niños pueden tener alimentos favoritos. También es normal que, en algunos momentos del desarrollo, rechacen ciertos sabores o necesiten varias oportunidades para aceptar un alimento nuevo.

Eso no significa que exista un problema.

Hablamos de selectividad alimentaria cuando el repertorio de alimentos es muy limitado, el rechazo se mantiene durante meses y las comidas terminan condicionando la vida familiar.

No se trata únicamente de que «coma poco».

Se trata de que comer deja de ser una experiencia agradable y se convierte en una fuente de preocupación, frustración y estrés para todos.

¿Por qué cada vez vemos más casos?

Hace unos años, muchos niños recibían etiquetas como caprichoso, mal comedor o ya comerá cuando tenga hambre.

Hoy sabemos que detrás de muchas de esas conductas puede haber una explicación.

Cada vez conocemos mejor cómo influyen el desarrollo sensorial, la motricidad orofacial, las experiencias tempranas con la alimentación o determinadas condiciones del neurodesarrollo en la forma en la que un niño aprende a comer.

También las familias están mucho más informadas y buscan ayuda antes, lo que nos permite detectar estas dificultades de manera más precoz.

Pero hay otro aspecto del que se habla menos y que también merece nuestra atención.

Comer también es un aprendizaje

Muchas veces pensamos que los niños aprenderán a comer simplemente porque crecen.

Sin embargo, igual que necesitan oportunidades para aprender a caminar, hablar o montar en bicicleta, también necesitan experiencias para aprender a aceptar nuevas texturas, sabores y formas de comer.

Durante los primeros años de vida, y especialmente durante el primer año, existe una etapa conocida como ventana de desarrollo. En este periodo, el cerebro está especialmente preparado para incorporar nuevos aprendizajes relacionados con la alimentación.

Cuando un niño tiene oportunidades para manipular alimentos, explorar diferentes texturas y practicar la masticación de forma progresiva, este aprendizaje suele producirse de manera mucho más natural.

Si, por el contrario, estas experiencias se retrasan o son muy limitadas, no significa que después no vaya a conseguirlo. Significa simplemente que probablemente necesitará más práctica, más tiempo y, en algunos casos, ayuda especializada.

Porque los niños no aprenden a comer porque cumplen años; aprenden porque tienen oportunidades para hacerlo.

¿Todos los niños tienen la misma causa?

No.

Y este es uno de los errores más frecuentes.

No existe una única explicación para todos los niños con selectividad alimentaria.

En algunos casos encontramos dificultades para masticar determinados alimentos. En otros, existe una mayor sensibilidad a ciertas texturas, olores o temperaturas. También puede haber experiencias negativas previas, como atragantamientos o arcadas intensas, o formar parte de condiciones del neurodesarrollo como el trastorno del espectro autista.

Y muchas veces no hay una única causa, sino varias al mismo tiempo.

Por eso no existen soluciones universales ni consejos que funcionen para todos los niños.

¿Cuándo debería pedir ayuda?

Si tu hijo acepta cada vez menos alimentos, rechaza de forma constante cualquier novedad o las comidas se han convertido en una batalla diaria, merece la pena realizar una valoración.

También conviene consultar si observas que tiene dificultades para masticar, hace arcadas con frecuencia o su alimentación empieza a limitar actividades tan cotidianas como comer en casa de los abuelos, celebrar un cumpleaños o salir a un restaurante.

No es necesario esperar a que la situación empeore.

De hecho, cuanto antes entendemos qué está ocurriendo, más fácil suele resultar la intervención.

¿Qué no suele funcionar?

Es completamente normal que las familias prueben de todo.

«Una cucharada más.»

«Si te lo comes, hay postre.»

«Esconde la verdura en las croquetas.»

Lo hacen porque quieren ayudar.

Pero cuando existe una dificultad real, insistir, negociar cada bocado o convertir la comida en una lucha rara vez resuelve el problema. En muchas ocasiones consigue justamente lo contrario: aumenta la ansiedad y el rechazo.

Nuestro objetivo nunca debería ser que el niño coma «como sea».

El objetivo es que aprenda a comer con seguridad, confianza y disfrutando del momento.

Un mensaje para las familias

Si tu hijo presenta selectividad alimentaria, no significa que hayas hecho algo mal ni que él sea caprichoso.

Detrás de ese rechazo suele haber una explicación. Y cuando entendemos la causa, podemos acompañarlo de una forma mucho más respetuosa y eficaz.

La alimentación no debería convertirse en una batalla diaria. Con una valoración adecuada, objetivos realistas y el acompañamiento de profesionales especializados, muchos niños consiguen ampliar progresivamente su repertorio alimentario y recuperar el placer de sentarse a la mesa.

Porque comer no consiste solo en alimentarse. También es compartir, disfrutar, descubrir y aprender. Y todos los niños merecen vivir esa experiencia de forma positiva

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Estefanía Sobrino

Logopeda especialista en Atención Temprana, Miofuncional y Alimentación (Col. 29/1794). Responsable del Área de Logopedia del Centro Sanitario ESTUPENDAmente! en El Puerto de Santa María (Cádiz).

¿Qué hago con esas cosas que no puedo cambiar?

Asómate un momento a la trastienda de tu mente. ¿Qué ves? Si eres de los míos, probablemente tengas una mesa de taller llena de herramientas, cables sueltos y un cartel gigante de «frenesí perfeccionista» parpadeando en neón. En mi día a día como psicólogo en consulta, me encuentro constantemente con personas que arrastran un agotamiento crónico brutal. Llegan, se sientan en una silla muy cómoda que compré para que les resultase más fácil abrirse, y me despliegan una lista interminable de problemas. Lo curioso es que no buscan desahogarse; buscan la fórmula mágica para tacharlo todo. Quieren arreglar esa relación rota con un familiar que no quiere cambiar, resolver el porqué de una injusticia laboral de hace cinco años o descifrar el misterio de por qué su gato los mira con desprecio. Vivimos con la obsesión de que la vida es un examen de matemáticas donde todo tiene que dar un resultado exacto, y nos cuesta horrores asumir que hay asuntos sin solucionar que se van a quedar así para siempre.

Abrazar esta realidad no es cruzarse de brazos ni tirar la toalla de manera cobarde; es pura supervivencia mental. Imagina que tu mente es una casa espaciosa. Si te empeñas en que cada electrodoméstico viejo, cada recuerdo roto y cada conversación pendiente tiene que ser reparada antes de poder usar la sala de estar, acabarás viviendo en un desguace intransitable. Como terapeuta, mi trabajo muchas veces no consiste en dar respuestas a mis pacientes, sino en ayudarlos a aceptar que algunas preguntas no las tienen. Hay personas que nunca nos pedirán perdón, decisiones del pasado que no se pueden rebobinar y situaciones caóticas que escapan por completo a nuestro control manual. ¿Y qué hacemos con todo eso? ¿Nos sentamos a llorar en una esquina? Para nada. El secreto profesional mejor guardado de la psicología es que la salud mental no se consigue solucionándolo todo, sino aprendiendo el noble arte de ordenar, archivar y convivir con el desorden.

La primera fase de este tratamiento casero es la aceptación radical (y un poco descarada).

Esto implica mirar el problema a los ojos y decirle con total tranquilidad: «Mira, no te entiendo, no me gustas y no sé cómo arreglarte, pero te doy permiso para existir». Suelta la llave inglesa de una vez. No puedes arreglar a tu ex, no puedes cambiar el carácter de tu jefe y no puedes alterar el pasado. Una vez que dejas de pelear contra lo inamovible, ocurre un milagro: de repente te sobra un montón de energía que antes gastabas en batallas inútiles contra molinos de viento.

El siguiente paso es ordenar y guardar.

Piensa en esos asuntos irresolubles como en la decoración navideña fea que te regaló tu suegra. No la vas a tirar por no armar un drama familiar, pero tampoco la vas a poner en el centro del comedor todo el año. Le buscas una caja bonita, la etiquetas mentalmente como «Cosas raras de la vida que no puedo cambiar» y la subes al altillo de tu cerebro. Organizar tus carpetas mentales te permite saber exactamente qué problemas merecen tu atención activa hoy y cuáles son simples trastos archivados que ya no tienen poder para arruinarte el desayuno.

Por último, toca aprender a convivir con el equipaje.

La madurez emocional consiste en caminar con la certeza de que llevamos algunas piedras en los zapatos, pero que podemos disfrutar del paisaje igualmente. No necesitas tener una vida perfectamente pulida y sin aristas para ser rabiosamente feliz. Al final, en la consulta siempre les digo lo mismo a mis pacientes cuando se obsesionan con cerrar todos los frentes abiertos: la paz mental no llega cuando por fin solucionas todos tus problemas, sino cuando dejas de pelearte con aquellos que sencillamente no tienen solución.

Acepta las cicatrices de las historias que no pudieron cerrarse bien; tu historia no necesita ser perfecta para ser una obra de arte profundamente hermosa.

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Sebastián Villanueva

Director del Centro Sanitario ESTUPENDAmente! en El Puerto de Santa María (Cádiz). Psicólogo Sanitario (Col. M-33875). Responsable del Área de Psicología Afirmativa y Diversidad LGBTIQ+.

Cómo cuidar la salud mental sin esperar a tocar fondo: hábitos realistas que sí ayudan

Cuidar la salud mental no debería empezar cuando el malestar ya es intenso, persistente o incapacitante. Desde la psicología clínica y de la salud sabemos que el bienestar psicológico no depende de un único factor, sino de la interacción entre hábitos cotidianos, contexto social, regulación emocional y vulnerabilidad individual. En otras palabras, muchas personas no “tocan fondo” de forma repentina: suelen llegar a ese punto tras semanas o meses de sueño insuficiente, estrés sostenido, aislamiento, autoexigencia elevada y falta de recuperación. La investigación reciente respalda esta idea preventiva. Un metaanálisis de intervenciones sobre estilo de vida publicado en 2024, que incluyó 96 ensayos clínicos aleatorizados, encontró reducciones significativas en síntomas de depresión, ansiedad y estrés cuando se intervenía sobre hábitos como la actividad física, el sueño y la alimentación. Por eso, la prevención importa: no porque garantice una vida sin sufrimiento, sino porque aumenta la capacidad de adaptación, reduce el impacto del estrés y favorece una mejor respuesta cuando aparecen dificultades.

Uno de los hábitos con mayor respaldo científico es el sueño regular.

Dormir mal no solo produce cansancio: altera la atención, empeora el control de impulsos y vuelve más difícil gestionar emociones intensas. Además, la privación de sueño se asocia con más irritabilidad, mayor reactividad al estrés y más síntomas de ansiedad y depresión. Esta relación no es solo correlacional. Un metaanálisis de ensayos controlados aleatorizados concluyó que mejorar el sueño produce una mejora de magnitud media en salud mental general y reducciones significativas en depresión y ansiedad. De forma más reciente, otra revisión con 54 estudios y más de 10.000 adultos observó que las intervenciones para mejorar la calidad del sueño reducían de forma significativa síntomas depresivos y ansiosos. A nivel práctico, conviene mantener una hora parecida para acostarse y levantarse, reducir la exposición a pantallas durante la última hora del día y evitar convertir la cama en un espacio de trabajo o de sobreestimulación. No se trata de dormir “perfectamente”, sino de darle al cerebro señales estables de descanso y recuperación.

También es especialmente relevante el movimiento corporal.

La evidencia muestra que la actividad física regular contribuye a reducir síntomas de ansiedad y depresión, mejora el estado de ánimo y favorece la sensación de autoeficacia. Esto ocurre por varios mecanismos: regulación fisiológica del estrés, activación conductual, aumento de la energía percibida y experiencia de logro. Los datos son consistentes. Un amplio metaanálisis en The BMJ de 2024, con 218 estudios y más de 14.000 participantes, halló reducciones moderadas de la depresión con modalidades como caminar o trotar, yoga, entrenamiento de fuerza y ejercicio aeróbico mixto. Otra revisión reciente encontró efectos beneficiosos tanto sobre depresión como sobre ansiedad en adultos clínicos. En la práctica, el error más común es pensar en el ejercicio como una meta ambiciosa y poco sostenible. Para proteger la salud mental resulta más útil empezar con objetivos pequeños y repetibles: caminar treinta minutos varios días por semana, subir escaleras, hacer ejercicios de fuerza básicos o incorporar pausas activas si se pasa mucho tiempo sentado. La consistencia suele ser más importante que la intensidad.

Otro factor protector clave es la conexión social.

La investigación reciente confirma que el aislamiento y la soledad no deseada se relacionan con peor salud mental y física. Desde una perspectiva psicológica, sentir apoyo reduce la percepción de amenaza, amortigua el estrés y facilita la regulación emocional. La magnitud del problema es relevante: la Organización Mundial de la Salud estima que aproximadamente una de cada seis personas en el mundo experimenta soledad, y su informe reciente subraya su impacto sobre depresión, ansiedad y bienestar general. Además, una revisión de World Psychiatry publicada en 2024 Mental-State-of-the-World-2024-ES-Online-Feb-28.pdf describió la conexión social como un predictor independiente de salud mental y física. Esto no significa tener una vida social intensa, sino contar con vínculos suficientemente seguros. Un hábito útil consiste en no dejar el contacto social al azar: programar una llamada, proponer un café, responder mensajes pendientes o pedir ayuda antes de estar desbordado. Muchas personas esperan a encontrarse muy mal para hablar; sin embargo, pedir apoyo temprano suele prevenir que el malestar se cronifique.

La salud mental también se protege gestionando la sobrecarga diaria.

Un sistema nervioso expuesto de forma continua a urgencias, multitarea y falta de pausas entra con facilidad en un modo de activación sostenida. En ese estado es frecuente vivir con sensación de prisa, dificultad para concentrarse y agotamiento mental. Por eso conviene introducir microhábitos de regulación: hacer una pausa breve entre tareas, respirar lentamente durante uno o dos minutos, salir al exterior unos minutos o reducir notificaciones innecesarias. Estas acciones parecen pequeñas, pero ayudan a interrumpir la cadena de activación continua. Desde la psicología conductual, reducir la fricción del entorno es tan importante como aumentar la fuerza de voluntad.

Otro hábito decisivo es revisar el modo en que una persona se habla a sí misma.

La autoexigencia extrema puede parecer productividad, pero a menudo funciona como un factor de riesgo para la ansiedad, la culpa y la sensación de no llegar nunca a suficiente. Un enfoque más saludable consiste en sustituir el criterio de perfección por el de progreso funcional: preguntarse qué es razonable hoy, qué parte depende realmente de uno mismo y qué nivel de esfuerzo es sostenible. Esta forma de autodiálogo no implica conformismo, sino una regulación más realista de expectativas. En términos clínicos, la flexibilidad psicológica protege más que el control rígido. De hecho, estudios recientes muestran que una mayor flexibilidad psicológica se asocia con menos síntomas de ansiedad, depresión y estrés, y con mejores resultados terapéuticos en distintos trastornos. Traducido a la vida diaria, esto significa aprender a ajustar expectativas, tolerar el malestar sin sobrerreaccionar y elegir conductas útiles aunque no apetezcan en ese momento.

Junto a ello, conviene prestar atención a hábitos básicos que a menudo se minimizan: alimentación regular, exposición a la luz natural, consumo de alcohol y uso de pantallas. Saltarse comidas, pasar días enteros en interiores, usar el móvil hasta muy tarde o recurrir al alcohol como alivio emocional puede empeorar la estabilidad anímica. Ninguno de estos factores explica por sí solo un problema psicológico, pero sí puede amplificarlo. La recomendación práctica es sencilla: comer de forma suficientemente ordenada, salir cada día un rato al exterior si es posible, limitar el uso nocturno del móvil y evitar convertir sustancias o conductas compulsivas en la principal estrategia de regulación emocional.

Por último, cuidar la salud mental de forma práctica implica saber cuándo los hábitos ya no bastan. Si durante varias semanas aparecen tristeza intensa, ansiedad frecuente, apatía, insomnio, irritabilidad marcada, dificultad para funcionar en el trabajo o aislamiento progresivo, es recomendable consultar con un profesional. La prevención no sustituye a la atención clínica cuando esta es necesaria. La idea central es otra: no esperar al colapso para empezar a cuidarse. 

Mental-State-of-the-World-2024-ES-Online-Feb-28.pdf

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Sebastián Villanueva

Director del Centro Sanitario ESTUPENDAmente! en El Puerto de Santa María (Cádiz). Psicólogo Sanitario (Col. M-33875). Responsable del Área de Psicología Afirmativa y Diversidad LGBTIQ+.


Ansiedad y estrés: confundirlos también pasa factura

La ansiedad y estrés suelen confundirse porque ambos activan al organismo y generan malestar, pero desde la psicología describen procesos diferentes en su origen, su función y su expresión clínica.

El estrés

Se define como una respuesta de adaptación ante demandas percibidas como elevadas o difíciles de manejar; por eso suele aparecer cuando la persona interpreta que las exigencias del entorno, del trabajo, de la familia o de sus propias metas superan los recursos disponibles.

La ansiedad

Se entiende como un estado de anticipación de amenaza, caracterizado por preocupación, hipervigilancia, sensación de peligro y activación fisiológica orientada a prevenir un daño posible.

Esta distinción es importante porque no todo estrés implica ansiedad clínica, y no toda ansiedad depende de un estresor inmediato claramente identificable. Desde una perspectiva psicológica, el estrés se relaciona con la evaluación de demandas y recursos, mientras que la ansiedad se vincula más con sesgos atencionales hacia la amenaza, intolerancia a la incertidumbre y patrones de evitación. Aunque comparten síntomas como tensión muscular, irritabilidad, cansancio, insomnio o dificultad para concentrarse, la experiencia subjetiva no es idéntica: quien padece estrés suele describir sobrecarga, presión y sensación de no llegar; quien experimenta ansiedad suele hablar de miedo, anticipación y alerta constante. Diferenciar ambos conceptos mejora la evaluación clínica, evita etiquetas imprecisas y permite ajustar mejor la intervención psicológica.

La evidencia científica refuerza esta separación conceptual. La revisión sistemática Biomarcadores en la medición del estrés, publicada en la revista Ansiedad y Estrés, concluyó que el estudio del estrés se apoya con frecuencia en indicadores como el cortisol, la frecuencia cardíaca, la presión arterial, la interleucina 6 y la proteína C reactiva, lo que muestra su estrecha relación con la respuesta psicobiológica al contexto. A su vez, la revisión sistemática y metaanálisis publicada en European Journal of Education and Psychology señaló de forma explícita que estrés y ansiedad son conceptos afines, pero diferentes, y que las intervenciones psicológicas producen beneficios cuando se actúa sobre regulación emocional, afrontamiento y hábitos de salud.

Para traducir esta diferencia a un lenguaje claro, pueden señalarse al menos diez contrastes principales entre ambos fenómenos:

  1. El estrés suele surgir ante demandas o presiones concretas; la ansiedad puede activarse incluso sin un peligro presente.
  2. El estrés se asocia más con sobrecarga; la ansiedad, con amenaza anticipada.
  3. En el estrés predomina la idea de “no doy abasto”; en la ansiedad, la de “algo malo puede pasar”.
  4. El desencadenante del estrés suele ser más identificable; en la ansiedad puede ser difuso o interno.
  5. El estrés tiende a reducirse cuando disminuye la demanda; la ansiedad puede mantenerse por preocupación, rumiación o evitación.
  6. El estrés tiene una función adaptativa ligada al rendimiento y la movilización; la ansiedad se relaciona más con la prevención del daño y la defensa ante una amenaza percibida.
  7. En el estrés son comunes los problemas de organización, saturación y fatiga; en la ansiedad destacan la hipervigilancia, la inquietud y la necesidad de control.
  8. El estrés suele vincularse a contextos como trabajo, estudios o carga familiar; la ansiedad puede generalizarse a múltiples situaciones, incluso neutras.
  9. La evaluación del estrés pone el foco en estresores y recursos de afrontamiento; la de la ansiedad se centra más en interpretaciones de peligro, evitación e intolerancia a la incertidumbre.
  10. Cuando predomina el estrés, suelen ayudar más la gestión del tiempo, la resolución de problemas y la reducción de demandas; cuando predomina la ansiedad, suelen ser más útiles la exposición, el trabajo cognitivo y la regulación de la preocupación.

Estas diferencias no significan que ansiedad y estrés nunca aparezcan juntos. De hecho, un estrés sostenido puede incrementar la vulnerabilidad a respuestas ansiosas, especialmente cuando la persona percibe poco control, interpreta las exigencias como amenaza constante o desarrolla hábitos de evitación. En clínica psicológica, por ello, conviene valorar duración, intensidad, contexto, pensamientos asociados y grado de interferencia funcional. Si el problema central es la sobrecarga, la intervención se orienta a prioridades, descanso, afrontamiento y ajuste ambiental. Si el núcleo es el miedo anticipatorio, se trabaja más sobre interpretación de amenaza, exposición y tolerancia a la incertidumbre. Entender con precisión las diferencias entre ansiedad y estrés permite ofrecer psicoeducación rigurosa, seleccionar técnicas más eficaces y formular casos con mayor exactitud.

https://www.redalyc.org/journal/1293/129365934007/html

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Sebastián Villanueva

Director del Centro Sanitario ESTUPENDAmente! en El Puerto de Santa María (Cádiz). Psicólogo Sanitario (Col. M-33875). Responsable del Área de Psicología Afirmativa y Diversidad LGBTIQ+.

Apoyo familiar trans: cómo acompañar bien en este proceso

El apoyo familiar trans es uno de los factores más protectores para la salud mental de una persona trans, especialmente durante etapas de visibilidad, exploración o transición social. Desde la psicología sabemos que el malestar no proviene de la identidad trans en sí, sino del impacto del rechazo, la invalidación, el miedo al juicio y el estrés de minorías. Por eso, acompañar bien desde la familia no consiste en tener todas las respuestas desde el primer día, sino en ofrecer seguridad emocional, escucha y disposición a aprender.

La evidencia reciente es clara: un estudio publicado en 2024 en JAMA Pediatrics observó que, cuando el entorno familiar es poco apoyador, ciertos hitos del desarrollo de la identidad de género se asocian con mayor riesgo de intento de suicidio y de huida del hogar; en cambio, los entornos familiares de apoyo amortiguan de forma significativa esos riesgos.

A nivel psicológico, acompañar implica validar la experiencia sin convertir cada conversación en un interrogatorio o en una discusión sobre si la identidad de la persona es “real”, “estable” o “demasiado rápida”. Validar no significa presionar, precipitar decisiones ni suponer que todo el proceso será lineal; significa transmitir un mensaje básico de seguridad: “no estás sola, no estás solo, no estás sole en esto”. Las guías internacionales de la World Professional Association for Transgender Health subrayan precisamente la importancia de un entorno afirmativo, individualizado y libre de prácticas que intenten forzar cambios de identidad o expresión. Del mismo modo, la American Psychological Association insiste en que la práctica psicológica con personas trans y de género diverso debe ser afirmativa, culturalmente competente y orientada a reducir daño, no a cuestionar la legitimidad de la identidad.

Una primera pauta práctica es cuidar el lenguaje cotidiano. Usar el nombre y los pronombres elegidos no es un gesto menor ni una concesión simbólica: es una forma concreta de reconocimiento interpersonal. En términos clínicos, este tipo de conductas reduce experiencias de rechazo, mejora la alianza familiar y favorece la regulación emocional. Junto a ello, conviene revisar pequeños comportamientos que a veces se normalizan en casa: bromas, comentarios sobre el cuerpo, comparaciones con el pasado, insistencia en explicar la identidad a terceros sin permiso o exposición innecesaria en reuniones familiares. El apoyo familiar trans también se expresa protegiendo la intimidad, preguntando cómo prefiere la persona ser nombrada en distintos contextos y evitando que la familia convierta su proceso en un tema público permanente.

También es importante reconocer que muchas familias atraviesan emociones intensas: miedo, confusión, culpa, duelo por expectativas previas o temor al estigma social. Tener estas reacciones no convierte automáticamente a una familia en rechazante; lo decisivo es qué hace con ellas. Cuando la angustia adulta se descarga sobre la persona trans mediante discusiones, silencios castigadores o intentos de control, el hogar deja de ser un espacio seguro. En cambio, cuando la familia busca información rigurosa, apoyo profesional y espacios propios para procesar sus dudas, disminuye la probabilidad de dañar la relación. Un artículo de consenso publicado en Pediatrics desarrolló orientaciones para madres, padres y cuidadores y destacó estrategias como la escucha abierta, la comunicación respetuosa, evitar la presión y aprender a navegar escuela, sistema sanitario y entorno social desde una posición de apoyo.

La investigación sobre factores protectores también apunta en la misma dirección. Una revisión sistemática publicada en 2024 sobre la experiencia adolescente LGBTIQ+ identificó el apoyo familiar, el apoyo escolar y las relaciones seguras como variables asociadas con menor depresión, menos ansiedad, menor riesgo suicida y mayor autoestima. Aunque no toda la evidencia se centra exclusivamente en población trans, el patrón es consistente: cuando una persona siente que su entorno cercano la reconoce y la protege, desciende la carga psicológica asociada al rechazo. Por eso, el apoyo familiar trans no debería limitarse a “aceptar en privado”, sino traducirse en conductas observables: defender a la persona ante comentarios transfóbicos, colaborar con el centro educativo, acompañar a citas profesionales si así lo desea y respetar su ritmo sin imponer plazos.

Conviene evitar algunos errores frecuentes.

Uno es pensar que acompañar significa dirigir el proceso.

Otro es buscar certezas absolutas antes de mostrar afecto.

Y otro, muy dañino, es acudir a enfoques que prometen “corregir”, “reorientar” o frenar la identidad de género.

Las principales guías clínicas y asociaciones profesionales desaconsejan estas prácticas porque incrementan el sufrimiento y deterioran la confianza. Acompañar bien desde la familia se parece más a sostener que a controlar: escuchar antes de responder, preguntar antes de suponer, reparar si se comete un error y mantener la relación por encima de la incomodidad inicial. Si en casa hay conflicto persistente, aislamiento, síntomas de ansiedad o depresión, autolesiones, ideas suicidas o un deterioro claro del vínculo, es recomendable buscar apoyo psicológico afirmativo con profesionales formados en diversidad sexual y de género.

En definitiva, el apoyo familiar trans no exige perfección, pero sí compromiso. Una familia puede no comprenderlo todo al principio y, aun así, convertirse en un factor de protección decisivo si ofrece respeto, escucha, aprendizaje y presencia estable. Desde una perspectiva psicológica, ese acompañamiento reduce el impacto del estrés de minorías y fortalece el bienestar, la autoestima y la sensación de seguridad. A veces, la ayuda más importante no es decir algo brillante, sino hacer sentir a la persona que su casa sigue siendo un lugar donde puede existir sin miedo.

Por último, cuidar la salud mental de forma práctica implica saber cuándo los hábitos ya no bastan. Si durante varias semanas aparecen tristeza intensa, ansiedad frecuente, apatía, insomnio, irritabilidad marcada, dificultad para funcionar en el trabajo o aislamiento progresivo, es recomendable consultar con un profesional. La prevención no sustituye a la atención clínica cuando esta es necesaria. La idea central es otra: no esperar al colapso para empezar a cuidarse. 

Estándares de Atención para la Salud de las Personas Transgénero y de Género Diverso, Versión 8 (WPATH)

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Sebastián Villanueva

Director del Centro Sanitario ESTUPENDAmente! en El Puerto de Santa María (Cádiz). Psicólogo Sanitario (Col. M-33875). Responsable del Área de Psicología Afirmativa y Diversidad LGBTIQ+.

Dislexia y logopedia: lo que toda familia debe saber

Para muchas familias, escuchar por primera vez hablar de dislexia y logopedia genera dudas, miedo y también alivio: por fin hay una explicación para esas dificultades con la lectura y la escritura que llevan tiempo observando.

La dislexia

Es una dificultad específica del aprendizaje de base neurobiológica que afecta sobre todo a la precisión lectora, la fluidez y la ortografía, y no tiene nada que ver con la inteligencia, la falta de interés o una mala crianza. Un niño con dislexia puede ser curioso, capaz y creativo, y aun así necesitar más tiempo para automatizar la lectura.

Desde la logopedia, esto se entiende como una dificultad en procesos lingüísticos que sostienen el lenguaje escrito, especialmente la conciencia fonológica, la relación entre sonidos y letras, la decodificación y, en algunos casos, la velocidad de acceso al léxico. Por eso, la evaluación logopédica no se limita a comprobar si el niño lee bien o mal, sino que analiza cómo procesa los sonidos del habla, cómo segmenta palabras, cómo reconoce patrones escritos y qué tipo de errores comete. Esta mirada es importante porque no todos los niños con dificultades lectoras presentan el mismo perfil. La evidencia científica respalda especialmente las intervenciones explícitas, sistemáticas y centradas en habilidades fonológicas y decodificación, ya que son las que ofrecen una base más sólida para mejorar la lectura.

En consulta, dislexia y logopedia significan acompañar al niño de forma estructurada, realista y respetuosa con su ritmo. La intervención suele incluir tareas para identificar, segmentar, unir, añadir o quitar sonidos; lectura de sílabas, palabras y pseudopalabras; trabajo de precisión y fluidez lectora; ortografía y, cuando hace falta, comprensión y vocabulario. No se trata de “hacerle leer más” sin sentido, sino de enseñarle de manera más eficaz, con objetivos concretos y una dificultad bien graduada. También es importante saber que la intervención no busca solo mejorar el rendimiento académico, sino reducir el desgaste emocional que a menudo acompaña a estas dificultades. Muchos niños con dislexia empiezan a pensar que no sirven, que siempre van más lentos o que nunca lo harán bien. Ahí la labor del logopeda también es clave: explicar qué ocurre, dar estrategias, reforzar avances reales y ayudar a que el esfuerzo tenga resultados visibles.

Además, dislexia y logopedia funcionan mejor cuando hay coordinación con la familia y con el colegio. Adaptaciones como dar más tiempo, reducir la carga de copia, no penalizar todos los errores ortográficos por igual o permitir otras formas de demostrar lo aprendido pueden marcar una gran diferencia en el día a día. Para padres y madres, una de las preguntas más habituales es cuándo conviene consultar. Algunas señales de alerta pueden ser la dificultad persistente para reconocer rimas, segmentar sílabas, asociar letras con sonidos, aprender palabras escritas frecuentes o leer con una lentitud muy llamativa para su edad.

Si estas dificultades se mantienen pese al apoyo escolar, es recomendable pedir una valoración especializada. Hablar de dislexia y logopedia también es hablar de prevención, detección temprana y acompañamiento. Cuanto antes se comprenda el perfil del niño, antes se podrá intervenir de forma ajustada y proteger su autoestima. En casa, ayuda mucho leer juntos, jugar con sonidos y palabras, celebrar los pequeños logros y evitar comparaciones con hermanos o compañeros. Lo más importante es que el niño no sienta que su dificultad define todo lo que es. Con apoyo adecuado, objetivos claros y una intervención basada en la evidencia, puede avanzar, aprender y desarrollar una relación más segura con la lectura y la escritura.

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Sebastián Villanueva

Director del Centro Sanitario ESTUPENDAmente! en El Puerto de Santa María (Cádiz). Psicólogo Sanitario (Col. M-33875). Responsable del Área de Psicología Afirmativa y Diversidad LGBTIQ+.

TRABAJO, INTELIGENCIA ARTIFICIAL Y MIEDO AL REEMPLAZO

La conversación sobre inteligencia artificial en el trabajo suele centrarse en productividad, innovación y eficiencia. Sin embargo, desde la psicología, el verdadero núcleo del problema no está solo en la tecnología, sino en lo que esta despierta en la mente humana: incertidumbre, pérdida de control, anticipación de amenaza y miedo al reemplazo. Cuando una persona empieza a preguntarse si su experiencia, su criterio o incluso su puesto pueden volverse prescindibles, no se activa únicamente una preocupación laboral; se activa también una respuesta emocional profunda vinculada con la identidad, la seguridad y el valor personal.

Ese miedo no nace de la nada. El World Economic Forum señaló en su Future of Jobs Report 2025 que la transformación laboral afectará al 22% de los empleos de aquí a 2030: se prevé la creación de 170 millones de nuevos puestos, pero también el desplazamiento de 92 millones. Además, el 86% de los empleadores espera que la inteligencia artificial y el procesamiento de información transformen su negocio en este mismo periodo. Estos datos no significan que el trabajo humano vaya a desaparecer, pero sí confirman que millones de personas perciben que el suelo bajo sus pies se está moviendo.

La Organización Internacional del Trabajo, en su actualización de 2025 sobre IA generativa y empleo, ofrece una conclusión especialmente relevante para la psicología: uno de cada cuatro trabajadores en el mundo está en una ocupación con algún grado de exposición a la IA generativa, pero el efecto más probable no es la eliminación masiva del empleo, sino la transformación de las tareas. En otras palabras, la amenaza psicológica no siempre proviene de perder el trabajo de forma inmediata, sino de no reconocer ya el propio papel dentro de él. Cuando cambian las funciones, cambian también las fuentes de competencia, autoestima y sentido de eficacia.

La investigación psicológica lleva décadas mostrando que la inseguridad laboral es un estresor poderoso. En 2025, la American Psychological Association informó que el 54% de los trabajadores estadounidenses dijo que la inseguridad laboral había tenido un impacto significativo en su estrés en el trabajo, y un 39% expresó temor a perder su empleo en los siguientes doce meses debido a cambios políticos y económicos. Entre quienes percibían cambios fuertes en sus organizaciones, aumentaban síntomas como la falta de energía, el agotamiento emocional y la dificultad para concentrarse. El hallazgo es importante: las personas no se derrumban solo por lo que ocurre, sino por lo que temen que pueda ocurrir.

Desde un punto de vista psicológico, el miedo al reemplazo por IA se parece a otras formas de amenaza anticipatoria. El cerebro humano tolera mejor una mala noticia concreta que una incertidumbre prolongada. No saber qué tareas serán automatizadas, qué habilidades seguirán siendo valiosas o cuánto tiempo queda para adaptarse genera hipervigilancia cognitiva. La persona comienza a leer cada cambio como una señal de peligro: una nueva herramienta, una reestructuración, una formación obligatoria o una caída de tareas rutinarias. Esa hipervigilancia erosiona la concentración, incrementa la ansiedad y puede llevar a una sensación persistente de fragilidad.

Hay además un aspecto más íntimo: para muchas personas, trabajar no es solo producir, sino confirmar quiénes son. El trabajo estructura el tiempo, organiza la autoestima y ofrece reconocimiento social. Por eso, cuando la IA amenaza con ejecutar más rápido tareas que antes daban prestigio, experiencia o estabilidad, algunas personas no solo sienten miedo profesional, sino también una herida narcisista: “si una máquina puede hacer esto, ¿qué valor tengo yo?”. Esta pregunta, aunque a veces no se verbalice, resulta central para comprender el malestar contemporáneo. La amenaza no siempre es económica; muchas veces es existencial.

La Organización Mundial de la Salud recuerda que los entornos laborales con baja sensación de control, sobrecarga, desigualdad y job insecurity constituyen factores de riesgo para la salud mental. Según este organismo, la depresión y la ansiedad provocan la pérdida de aproximadamente 12.000 millones de jornadas laborales al año y cuestan cerca de un billón de dólares en productividad perdida. El dato es revelador porque muestra que el problema no es individual ni anecdótico: cuando el trabajo se vive como amenaza constante, el cuerpo y la mente pagan la factura.

El contexto general tampoco ayuda. Gallup, en su State of the Global Workplace 2025, State of the Global Workplace 2025 Report  situó el compromiso global de los empleados en el 21%, con una caída particularmente notable entre managers. También estimó que la baja implicación laboral costó 438.000 millones de dólares en productividad. Aunque el desenganche no puede atribuirse solo a la IA, sí dibuja un escenario emocional propicio para que cualquier transformación tecnológica sea vivida con más temor que curiosidad. Una persona agotada, poco escuchada y emocionalmente desvinculada afronta peor cualquier cambio.

Por eso, la discusión seria sobre IA y empleo no debería limitarse a qué tareas desaparecerán, sino a cómo acompañar psicológicamente a quienes sienten que su lugar se vuelve incierto. La adaptación no depende solo de aprender nuevas herramientas, sino de preservar agencia, sentido de utilidad y confianza en la propia capacidad de reinventarse. Las organizaciones que comuniquen con claridad, formen con tiempo y reduzcan la incertidumbre protegerán algo más que resultados: protegerán la estabilidad mental de sus equipos. Porque el trabajador que teme ser reemplazado no necesita únicamente capacitación; necesita también certeza, reconocimiento y un horizonte posible.

La gran pregunta de esta época no es si la inteligencia artificial podrá hacer más cosas que nosotros, sino qué ocurrirá con una sociedad que empieza a medir el valor humano en términos de reemplazabilidad. Cuando el trabajo deja de ser un espacio de sentido y se convierte en una prueba constante de supervivencia, no solo se precariza el empleo: también se erosiona la identidad. Y una sociedad que debilita la identidad de quienes la sostienen termina volviéndose más eficiente, sí, pero también más frágil.

State of the Global Workplace 2025 Report

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Sebastián Villanueva

Director del Centro Sanitario ESTUPENDAmente! en El Puerto de Santa María (Cádiz). Psicólogo Sanitario (Col. M-33875). Responsable del Área de Psicología Afirmativa y Diversidad LGBTIQ+.

¿Qué es la “Píldora Negra Femenina”?

Desde hace unas semanas, se han popularizado videos en redes sociales sobre la “Píldora Negra” asociada a mujeres. Los videos hablan de comunidades digitales cerradas constituidas exclusivamente por mujeres. Estas comunidades defienden una visión del valor de la mujer y su éxito vital en base, casi exclusivamente, a su atractivo físico y a su genética. La filosofía de la “Píldora Negra Femenina” sostiene que el atractivo físico está predeterminado por la genética y que las personas eligen parejas basándose únicamente en rasgos físicos inamovibles. Tienen la creencia de que existe una jerarquía social basada en la belleza donde las mujeres consideradas «feas» son víctimas de prejuicios innatos e inevitables.

Esta ideología es una adaptación de la «píldora negra» masculina (originada en comunidades incels), pero con matices específicos para las mujeres. 

Las características físicas se dividen en dos tipos: «halos»y «failos»:

  • Los halos se refieren a las características físicas positivas que aumentan el atractivo general de una persona. Se relacionan con la idea de rasgos físicos superiores, gracias a los cuales se genera una percepción positiva en los demás, abriendo puertas sociales y vinculares. 
  • Los failos son rasgos físicos negativos que, según estas comunidades, disminuyen drásticamente el atractivo y destruyen el potencial de una persona. Estos generan un rechazo vincular y sexual.

Otro concepto clave de esta “filosofía” es el “Looksmaxxing”, básicamente implica maximizar el atractivo físico de una persona.

¿Cómo se consigue esto? Mediante dos tipos de estrategias: 

  1. El “Soft Maxing” (Mejora Suave): se refieren a cambios no invasivos y hábitos de estilo de vida para mejorar el atractivo físico. Son cambios más “accesibles” en un plano económico y de estrategia. Esto no quiere decir que sean saludables física o mentalmente. Es la “base” necesaria antes de considerar medidas más extremas. Ejemplos de este tipo de estrategias, aparecen a continuación:
    1. “Dieta y Ejercicio”: Bajar el porcentaje de grasa corporal para mejorar la definición facial y la estructura ósea. Por ejemplo, conseguir una mandíbula más marcada.
    2. Cuidado de la piel (Skincare): Rutinas interminables para mejorar la piel, eliminar el acné, etc.
    3. Estilo: Nuevos cortes de pelo, diseño de cejas y cambios en la forma de vestir.
    4. Postura: Correcciones para mejorar la presencia física. 
  2. Hard Maxing (Mejora Dura o Extrema): estos sí implican procedimientos invasivos, cirugías plásticas o acciones peligrosas para alterar la estructura ósea o facial, generalmente asociados a la búsqueda de la «cara perfecta». Ejemplos:

De nuevo, nos encontramos con una corriente que promueve el rechazo al físico de las mujeres. En una época en la que parece que el “body positive” y la diversidad de cuerpos parece que están perdiendo como movimientos, este tipo de filosofías suponen un caldo de cultivo para los trastornos de la conducta alimentaria y problemas emocionales, por no hablar, de nuevo, de una forma de ejercer violencia contra las mujeres. 

Cuidado con los hashtags #bp o #blackpill en contenido en redes relacionados con la “belleza” porque quizás estemos consumiendo contenido de este “culto” en internet. 

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Laura Santi

Psicóloga Sanitaria (Col. AN10267). Área de Adicciones químicas y psicológicas y de Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA) del Centro Sanitario ESTUPENDAmente! en El Puerto de Santa María (Cádiz).